Invitación a un  viaje

Take it easy

La puerta abierta

Amor amor para los dos

La tumba de los
crisantemos amarillos

Laberinto de espejos

Nuestra última lluvia juntos

El suicidio es indoloro

Expresiones gemelas

Los deseos circulares

Cuentema para una ballerina ausente

Ultima morada

Los viajantes

El rictus sardónico de la muerte

Utopía

Los días claros y los días vacíos

El autobús de las 7:00 a.m.

La risa artera

El escape

Soliloquio desesperado

Viajantes insomnes

Take it easy

Fernando Valerio Holguín

 

          Por lo regular es así: se siente uno atrapado en la transparencia de los días hasta terminar definitivamente acorralado en el tedio de un viernes. Entonces se hace necesario sacudirse, agitarse, despojarse de esa invisible camisa de soledad, salir, qué se sabe, hablar, hablar al azar con cualquiera de los pasajeros del carro público: con el señor que aprieta contra su pecho los gemidos del bultito de toalla, o con el chofer, o con la estudiantita medrosa. Y así introducir temas que a nadie importan: cada quien con su dolor muy celosamente guardado en una gaveta del corazón: el niño enfermo del uno, el novio abandonado o el examen final de la otra, las doce horas pegado al volante de este otro. Sin embargo se habrán de decir frases inconexas, casi murmuradas, automáticas, como para que resbale de costado esa viscosidad, ese no saber que hace que uno se rasque la cabeza y mire el anuncio lumínico al fondo de la noche. Aquí te quedas, ¿se queda? , sí, te quedas, pagas y bajas del auto: Discoteca Take it Easy, en caligrafía de luminosidades intermitentes. Y piensas que quizá ésa sea la solucion: un poco de música, algunas cervezas que la garganta te reclama y te decides a entrar apartando el humo con las manos. Es la primera vez que asistes a uno de estos sitios. No sabes qué te indujo a hacerlo, pero ya estás aquí y entonces propones arrellanarte en un cómodo butacón y pedir tu cerveza por favor y una caja de cigarrillos.

          Sonríes creyéndote salvado: atrás han quedado el trabajo de la oficina y, al otro lado de la noche, la esposa menstruada, la cena de platanutre y las películas de Kojak. Ahora es diferente: embizcado en tu cerveza, la música vibrante, eres un parchá, sí señor. Es como para olvidar que precisamente esta noche, mientras te desnudabas para ducharte, te sentiste tan torpe e indefenso frente al espejo-de-cuerpo-entero, mirándote ese vientre fláccido y la verde cara tuya avejentada. Sentiste horror de que la vida te hubiese rebasado tan aprisa al doblar de los cuarenta. Te sentaste en el inodoro a reflexionar. Parecía como si todos los pequeños tormentos te hubieran estado esperando agazapados en el baño para arrojársete encima esa noche. Fue por eso que a la hora de la cena escenificaste esa burda comedia ("no te permito que me hables en ese tono") delante de los niños y la llamaste, a ella ("a mí, a tu esposa de hace veinte años"), vieja gorda por aquéllo del queso pegado de la tapa y los tres filos del pantalón y por éste y otro detalle que ahora en la cuarta cerveza, perdían todo interés. Y además, cómo pensar en ello cuando esta música truena desde los cuatro bocinones un "take-it-easy" que te anima y ya estás ahí en la pista con las manos en el escote de unos hombros, sujetando a esa rubia que parece exorcizar la realidad con sólo esparcir su cabellera y tu mano que acaricia la nuca en el úyyyy antes de este rápido girar girar.

          Pero no, estás aquí contemplando sumiso, delante de tu quinta cerveza, el movimiento atropellado de la gente: el que camina como zombi, las risas porque sí de aquellas chicas, este muchacho que es rechazado a dos o tres mesas de ti, tantas miradas nostálgicas queriendo ser alegres, el danzar entre los reflectores que descubren aquí un brazo azul, allí un rostro rojo como ensangrentado, aquellas hermosas piernas anaranjadas, ajá-ajá-take-it-easy, girar doblar gritar saltar boxear disparar discoar, ese leve matiz musical, aquel rostro sudado como si en el vertiginoso bombardeo de los sentidos la vida adquiriera pleno significado.

          Pruebas tu líquido ambarino y otro que es rechazado por la muchacha que está sentada a tu izquierda. Linda, piensas, y Enciendes un cigarrillo a todo pulmón. Esa boca. Ese pelo. Esos ojos. Esos senos.

         Resuelves ser más discreto: si llegaba el novio y te encontraba mirándola con esos ojos de loco. Esperas y ni señales. Sólo una pareja que asoma y alza vuelo de inmediato a discoar el "ta-ke-it-easy" que truena de nuevo.

          Ahora la ves parcialmente iluminada por fugaces relampagueos. Ante su mesa desfilan los más estilizados bailarines y siempre esa sonrisa acompañada de un movimiento negativo de su cabecita rubia. Pero sola porqué. Triste quizás porquién. Te ha encantado. No aguantas más. Otro vaso y estás decidido. Y si le resultas ridículo y te estralla una risotada en la cara y la gente comienza a llegar, tú allí con tu chacabana demasiado grande y los tacos de tus zapatos tan gastados, te echarían, "sáquenlo por fresquito" y morirías de vergüenza. Pero eso no ha sucedido porque ya estás aquí a su lado susurrándole unos versos de un tal Amado Nervo que aprendiste en bachillerato. Ella no resiste y te colma de besos y tú estás tan orgulloso de esas piemas con la fina cadenita en la pantorrilla. Te llevará a su residencia y pasarás los fines de semana en la piscina con tu whisky en la mano. Ella te quiere, pero sus padres y tu matrimonio. Sencillo, le dirías a tu esposa: "Lo siento por los niños: quiero el divorcio."

          La pareja ha regresado a la mesa. Se percatan de tu mirada fija. Parece que han hecho algún comentario acerca de ti porque ahora sonríen y "ella" te dirige una mirada como quien dice ah sí.

          Por suerte truena de nuevo un "take-it-easy" todavía más estruendoso y la pareja se lanza como picada de avispas a la pista. Este es el momento: ahora o nunca. Para tu asombro "ella" no ofrece resistencia: se abandona a tus brazos y se besan quedamente, sin importarles la gente. Allí eres feliz: entre su aliento de canela. "Ella" dice que te ama, ¡en tan corto tiempo!, no puedes creerlo, y "ella " insiste en que sí ofreciéndote esa boca y tú olvidado del mundo y de ti, sólo esos labios húmedos y los senitos duros apretados contra tu pecho.

          Te pones de pie decidido y seguro. Unos cuantos pasos. Sonrisas. Un diálogo fugaz y estarías bailando.

          -Señorita, sería usté tan amable? (Extendiendo una mano.)

          -Lo siento pero no puedo gracias. (Tímida moviendo la cabeza.)

          -Se lo ruego señorita. (Insistente.)

          -Lo siento es que. (Apenada.)

          -Pero por qué? (Impertinente.)

          -Es que, sabe? , no tengo piernas. (Sombría.)

          Y te sorprendes incrédulo con un poco de rabia creyéndote burlado, una broma más, pero insistes decidido, fiero. Ella sonríe desconcertada. Y tu decides indiscreto levantar el mantel y tratas de disimular el horror que te tuerce la boca de una bofetada en el justo momento en que aparecen ante tus ojos dos piececitos descalzos tratando de ocultarse en las arandelas de su vestido pasado de moda.

 

© Fernando Valerio Holguín