Invitación a un  viaje

Take it easy

La puerta abierta

Amor amor para los dos

La tumba de los
crisantemos amarillos

Laberinto de espejos

Nuestra última lluvia juntos

El suicidio es indoloro

Expresiones gemelas

Los deseos circulares

Cuentema para una ballerina ausente

Ultima morada

Los viajantes

El rictus sardónico de la muerte

Utopía

Los días claros y los días vacíos

El autobús de las 7:00 a.m.

La risa artera

El escape

Soliloquio desesperado

Viajantes insomnes

Invitación a un viaje

 Fernando Valerio Holguín

 

Recostado contra la almohada, dejas a un lado ese libro inútil que alguien -el autor quizá- supone que deba interesarte. Te levantas y te encaminas hacia la ventana de tu tercer piso mientras enciendes un cigarrillo. Afuera: la noche de ventanas apagadas en las que la gente duerme o se lamenta o sencillamente copula sudorosa y callada para que el vecino más cercano no se entere de los estertores pudibundos de Juanita, es un decir. Y así la ciudad de copulantes que se aborrecen en la vacuidad del cigarrillo poscoital. No así tú que estás excluido de esa casta frágil de hombres que se pierden en la medianoche de un beso o en el abismo dorado de un vaso. Tú sólo fumas porque todos se han marchado dejándote solo en esta noche tan sola. A ti que trabajas en esa oficina desde hace mas de veinte años y que no te queda sino la triste recompensa de quejarte frente a los amigos en algun bar de putas. Han huido de tu rostro demasiado adusto, y por que no decirlo, aburrido y hasta melancólico. Rodrigo no esta para oirte hablar del abanico que no han instalado en tu cubículo, tampoco esta Julio tu amigo para decirle de los pagos atrasados de la financiera y de lo que consume ese carrito de medio uso que acaso no debiste haber comprado; Riojano el saxofonista amigo tuyo, tampoco está, para en las madrugadas de tu enfermiza sensibilidad alcohólica, agobiarlo con tu depresion hasta terminar abrazados dando gritos Riojano coño qué vamos a hacer con esta maldita vida a dónde iremos a parar con esta mierda Riojano, y te dices Riojano carajo, y resuelves nada y te repites hasta la inconsciencia, con las gavetas del corazón desordenadas: no somos nada no somos nada.

Pero no, nada de eso ha sucedido esta noche. Te encuentras vistiéndote, alisándote el pelo frente al espejo del tocador, reconociéndote en esa edad indefinida de tu vida agreste llena de Haber y Tener. Terminas de vestirte y sales hurgando las llaves del auto en los bolsillos. Bajas la escalera y sales, a ningún sitio, a la noche, piensas. El auto se desliza suavemente. Doblar en rojo a la derecha. Acelerar. Tercera. Ciudad oscura y triste. La brisa que penetra por las ventanillas y las cosas que viajan ante tu mirada indolente. Las cosas, viajantes, y tú detenido, detenido en este instante que puede ser el humo que se desprende de la última y estática bocanada de ese último cigarrillo que apagas al desembocar en el Malecón. Entonces el mar que no viaja. Estático como tu desconsuelo.

Recorres el Malecón en su tramo más despoblado y alguien te pide que te detengas. Dudas. Parece ser una chica vestida de negro. Los faros del auto la atrapan en su luz. Reduces la velocidad y te detienes justo al lado de la mujer que se asoma a la ventanilla. Es hermosa y te pide por favor que la lleves contigo. No entiendes o vacilas por lo avanzado de la hora pero al fin te resuelves. Arrancas y no sabrías explicar el regocijo que te envuelve mirando a hurtadillas a esa mujer que te escruta desde su glamorosa cabellera, negra como la noche o como el olvido.

Preguntas su nombre y qué hacia sola a esas horas por la avenida. Pero Estigia sólo caminaba tomando la brisa yodada del mar. y usté a dónde iba pregunta Estigia. Y a ti, que contestas animado cada una de sus preguntas, te entran unos deseos terribles de contarle que tienes tres hijos y que el mayor obtuvo excelentes calificaciones la semana pasada en la escuela y que Andresito el mas pequeño está aprendiendo a leer y ya va por la P de pipa y que a tu esposa la pobre le extirparon un seno y está internada después de una operación que casi te arruina y que después de todo no es cierto que te vaya tan mal en el trabajo... Pues sí. Pero no. Sabes que no debes contarle nada de eso. Es mejor decirle y se lo dices que es hermosa, y refugiarte en el bienestar de su mirada. Entonces propones aparcar y conversar tomando unas cervezas. Acepta, y su perfume, un perfume antiguo que crees conocer de algún lugar, te envuelve. Estigia se insinúa toda debajo de la bata ligera y es creciente tu emoción al hablar y hablas sin descanso no sabes por cuánto tiempo emborrachado de esa hermosura que no sabes a qué atribuir -porque esta noche nada sabes-, si a esa mirada ensombrecida o al pelo que le cubre parcialmente el rostro, si a esa manera suya de sonreir o a los dientes blanquísimos y parejos, y ya quisieras perderte en un largo beso de su boca confusa. Y no. Porque Estigia te ha pedido que la lleves a su casa: es demasiado tarde. Podrían verse de nuevo, mañana si deseas.

Contento, enciendes el auto y hasta tarareas un trapo de melodía pensando en tus manos que bien podrían estar apoderándose de esos muslos que no has visto pero que imaginas blancos y largos hasta el sexo humedecido y antes de detener el auto ya te imaginas tocando a esa puerta por la que acaba de entrar Estigia diciendo adiós.

Algo nuevo, al día siguiente, habrá nacido en ti que hasta te permites usar unas bromas con los niños y llevarle flores a tu esposa la pobre. Pero el día habrá sido y no cuenta, no cuenta sino esa felicidad del saberse dichoso en la cara sonrientemente rasurada, en la camisa preferida, y en ese deseo de bromear con todo el mundo y decirle que esta noche, vas a salir con Estigia.

Sigues el rastro de la noche anterior. Aparcas y desciendes. Tocas a la puerta ensayando ésa tu sonrisa favorita que dabas por desaparecida. Te abre una señora mayor a quien saludas con cortesía suponiéndola ser la madre de Estigia:

-Por favor señora sería usté tan amable se encuentra Estigia?

La mujer no contesta. Y te preguntas si acaso esa dolorosa resignación en la mirada quiera decirte algo.

Repites tu pregunta: -Señora, ¿No vive aquí Estigia? 

-Si vive... quiero decir... vivía. Murió hace tres años.

Herido, sientes el sabor a pólvora de esa respuesta disparada a quemarropa. Pero no puedes creerlo. Debe tratarse de un error y así se lo dices:

-Señora debe tratarse de un error .

-No se trata de ningún error caballero. Ya otros al igual que usté han venido preguntando por ella.

-Pero si anoche yo estuye con... ¿No tiene usté alguna foto?- entrando a la casa, descolgando la foto de la sala. Es ella no hay duda: con las facciones más reafirmadas: pero ella.

Y la madre te advierte: "No vaya usté por favor. Deténgase. Es que no entiende que toda ella está hecha de ilusión?"

Entonces sales como loco. No puedes creer que eso te haya sucedido a ti. No. Y piensas si no se trata de la pesadilla de alguien que sueña el mundo. La noche te conduce aprisa. Sientes las agruras de tus sentimientos mal digeridos. Estigia querida, por qué le harías eso a él? Precisamente a él. Porque, qué culpa tiene él? Díle.

Estuviste bebiendo en cualquier sitio, solo, y te repites que no hay esperanza y que no somos nada mientras conduces por el Malecón acaso con lágrimas en los ojos, como las mujeres. Pero de pronto -y lo sabías, por eso has regresado-, la ves más adelante con las manos extendidas. Tienes que decidirte a no continuar con aquella farsa. "Toda ella está hecha de ilusión. No vaya." No te detengas. Acelera. Y cierras los ojos para no ver el destrozo porque ella se ha atravesado en tu camino. Frenazo en la noche oscura. Impacto. Rotura de cristales. Y tu cuello degollado en el parabrisas. Sientes sed. Es un segundo eterno en el que ves a tus padres, amigos, esposa e hijos desfilando sonrientes. Haces un esfuerzo, y al fin consigues incorporarte y comienzas a caminar por entre los curiosos que se detienen a contemplar con morbosidad tu cadáver desangrado en el auto. Son cada vez más los que llegan y tú allí buscando a Estigia, presintiéndola por el perfume, llamándola entre la multitud que no te escucha. Están demasiado atentos comentando que fíjate que qué curioso... siete accidentes... y en el mismo lugar... donde se mató 1a muchacha hace tres años...

Entonces la ves, la ves acercarse a ti con esa sonrisa de dientes perfectos y esos ojos sombríos de amor que ya conocías. Te llama. Caminas hacia ella y la ves, idéntica a tu deseo, desnuda, con la bata al aire, señalándote la barca que habrá de conducirlos hacia la noche o el mar, no lo sabes.

© 2001 Fernando Valerio Holguín