"Heráclito y la aporía del tiempo"

de la novela memorias del último cielo

 

Entramos y no entramos en los mismos ríos. Somos y no somos.

                                                                   Heráclito de Efeso

 

esta noche, que un río de risas desemboca en tus labios, sentado en el bar Atenas, recuerdo que esperé a que el avión se detuviera totalmente para ponerme de pie. le pedí a As que me trajera una cerveza. el pasillo se fue desocupando poco a poco. cuando me asomé a la escalerilla, me golpeó ese pedazo de cielo tibio del Caribe: olía a algas, a salitre, a palmeras; olía a tierra mojada y a sol. muchas veces, en Bloomington, Indiana, con el corazón congelado, despertaba a medianoche -recostado de una columna del bar de mis recuerdos- con ese olor a cielo alto y limpio del Caribe

(hoy sábado en que el tiempo se

hace palabras -la frase es de

otro- soy dos, lejana, pequeña

y tórrida Zamilda porque sin

razón estoy a tu lado aquí en

el bar y otra Zamilda se

encuentra allá también a mi lado. de manera que siempre seremos

cuatro los que se aman tan a mi

pesar y tu afán)

-¿Quién eres?

- . . .

pensé en el-Gato-egipcio, en Julito y Gonzalo. pensé en Zamilda -está de más decirlo-. pensé que estarían esperándome en el aeropuerto, después de tantos años. pero cuando salí de aduanas no los vi por allí. entonces cogí un taxi. al llegar a las Américas le dije al chofer que se parara para comprar una cerveza -que As me ha traído tibia como siempre-. en el bar pusieron un merengue que no había escuchado antes. me llamaron la atención las letras:

 

plátano maduro

no vuelve a verde

me asombró la simplicidad y elegancia rural con que estaba postulado el problema del tiempo, que ya Heráclito había formulado en la frase nadie se baña dos veces en las mismas aguas. a lo mejor el merenguero leyó a Heráclito para componer el merengue. encendí un cigarrillo y entonces, no sé por qué, me imaginé a Heráclito comiendo tajaditas de plátano maduro y bailando con una negra bien pegao,

plátano maduro

no vuelve a verde

y el tiempo que

se va no vuelve

-¿dónde estás?

- . . .

me imaginé a Heraclito tocando güira y bailando en el frente de un combo. si Heráclito hubiera sido caribeño, de seguro que habría sido el autor de ese merengue ontológico porque los filósofos caribeños no escriben libros, ni se devanan los sesos para explicar las aporías del mundo; los filósofos caribeños sencillamente cantan el tiempo, el ser y la nada; no van al ágora con palabras de desaliento, sino que son sus cuerpos los que hablan con un alfabeto de arena, de mar y cielo y palmeras y risas

(hoy sábado, ya tan sin pasión,

te espero en el mismo bar, un

cigarrillo, las mismas

cervezas calientes y Julito,

el-Gato-egipcio y Gonzalo

inventándose vidas heróicas,

mintiéndose impertérritos a sí

mismos y mintiéndoles a los demás:

el doctorado de uno en Francia, la

novela imaginaria del otro,

aceptada por una famosa editorial

española)

el tiempo que se va no vuelve, Zamilda, como no volverán tus besos, tu cuerpo de amampola joven apretado al mío en las madrugadas con siluetas de pájaros bajo el cielo del Caribe que, impávido, contemplo a través de una ventana. las aguas del río no vuelven, como no volverán -y ¡ cómo habría querido que volvieran !- las noches del bar en las que de pronto alguien proponía ir al Conquistador

-¿ Por qué sangran tus labios?

- . . .

o a la playa, de madrugada, a bañarnos desnudos -el agua tibia, tu cuerpo tibio que se dejaba querer debajo del agua- o a deambular por esas calles, esos bares de la ciudad que inventamos dentro de esta otra ciudad en la que ahora soy un extraño

(hoy, un sábado 7 de septiembre,

sentado en el bar Atenas, recostado

de una columna, contemplo el mar

con los ojos vacíos. el abanico de

techo mueve la jalea espesa del

aire, y As entona un viejo bolero

en el piano.

-¿ Quién eres?

- . . .

el-Gato-egipcio tararea borracha

junto a As. Julito escribe

incesante en pedazos de servilletas

que luego se lleva a la casa)

nadie se come el mismo plátano maduro dos veces, así como tampoco podré querer dos veces a la misma Zamilda de los tantos sábados y bares y noches, porque hasta aquí me ha traído este río revuelto de días -la frase, de un poeta inglés-, hasta esta mañana clara con cocoteros y pájaros en que sin sosiego ni aliento busco una ciudad que ya no existe

-¿dónde estás?

- . . .

 

y no sé por qué con el corazón atado en la voz, ya tan sin esperanza, ya tan sin ti, me repito las mismas preguntas de veinte años atrás, las mismas preguntas que otros se repitieron sin encontrar la respuesta, la misma pregunta que de seguro se hacía mi padre al ver zarpar las balandras del puerto, la misma pregunta que se hacía mi bisabuelo que vino de Cuba en una goleta cargada de esclavos

-¿Quién eres?

- . . .

 

nadie se baña en el mismo Ozama dos veces, pensé, cuando pasábamos por el puente. vi las lilas moradas navegando entre manchas de petróleo y botellas vacías, vi las casuchas miserables junto al río (pobre José Joaquín Pérez). el chofer me preguntó dónde vivía y le dije que siguiera la 27 derecho, que bajara hasta la Ciudad Intramuros y que me dejara aquí en el Bar Atenas en que, solo, frente a la cerveza tibia, recostado de una columna, escribo estas cosas que no escribo

-¿quién eres?

-. . .

los de siempre no están. nadie esperó mi regreso. en todos estos años: ni noticias, ni una carta, ni una llamada telefónica. era como llegar a una ciudad recién destruida por una catástrofe nuclear moderna en la que quedan los edificios intactos pero no queda vivo ningún conocido. el único que me reconoció de inmediato fue As. estaba un poco más viejo pero aparte de eso, no había cambiado nada. la misma calma, la misma sonrisa. me preguntó, muchacho, dónde me había metido todos estos años. le pregunté por Julito y me dijo que el romo del malo había hecho estragos en su vida. el-Gato-egipcio se había casado con un colombiano y Gonzalo seguía escribiendo su eterna novela en el Conde. por Zamilda no le pregunté y entendió de inmediato porque me miró como apenado y bajó la cabeza. pero poco después me habló del pintor loco, se había mutilado la mano derecha (un manicidio), también me habló de corduroy, el escritor que siempre iba a tomar café al doblar la esquina, me habló de Marcelo y de sus "bidones" de depresión. me dijo que José Jasd había muerto, que Napoleón Dhimes seguía cantando con peluca y que Elenita Santos todavía bailaba salve y mangulina. Así era As: una enciclopedia viva de la farándula artística tropical

-¿dónde estás?

-. . .

sentado en la penumbra de la mesa del fondo, frente a la cerveza Presidente que me bebo con una sed de siglos, pensé en Zamilda y en su risa sonora, pensé en los días y las noches de tantos años y me hice las mismas preguntas de siempre sin encontrar respuestas. miré el bar en penumbras con siluetas de borrachos que discutían, y ya para la décima cerveza no entendía nada

¿quién eres?

-. . .

lo único que sabía era que mamá había muerto pero yo no entendía nada. mamá era lo único que me ataba a esta tierra como un cordón umbilical. mientras estuvo viva, me encontraba siempre haciendo reservaciones para todas las vacaciones pero después tenía que posponer el viaje por diferentes razones. ahora un viaje precipitado. un velorio al que no llegué a tiempo. los amigos que no están. y estas cervezas que me dejan como muerto, sin tener que matarme. muchas veces, el suicidio no es más que una redundancia

-¿quién eres cuando no estás?