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"veintidós servilletemas a la memoria insondable de Julito" de la novela Memorias del último cielo
(como Julito, yo también conservo algunos de los servilletemas existenciales y metafísicos que sobrevivieron a nuestra obsesión escatológica. los transcribo en estas páginas para honrar su memoria -y la nuestra)
le dije a Fernando que yo había estado anoche en el Bar Atenas y que si como él dice, el Bar Atenas no existe, que entonces cabía la posibilidad de que yo tampoco existiera. ¿quién soy cuando no estoy? ¿cuál es la garantía de mi existencia? ¿no serán acaso el dolor y las lágrimas una garantía? * una habitación con ventanas de dos hojas, abiertas de par en par al follaje de una mata de aguacate. el aire es limpio y puro. huele a verde la mañana de mi infancia. una mujer atraviesa la claridad mágica del día convertido en memoria * la única garantía de la existencia de Schumann y Vallejo es su dolor. el dolor de Vallejo es otro. el de Schumann, innombrable. el dolor de Schumann fluye como las abyectas aguas del Rhin. el de Vallejo, transfigura la lluvia en palabras. yo soy César Vallejo, y también soy Roberto Schumann * si Gonzalo -a quien más quise entre todos- hubiera muerto, me habría sentido tan culpable como su presunto asesino, habría llorado en el Bar Atenas, la desdicha de ser otro -y no quien siempre quise ser-, habría entendido su pasión por Zamilda, en la que todos estamos implicados, de alguna manera, como apologistas o detractores, como criminales y redentores, o como arquitectos de su destino * y emerges del sueño insondable, Zamilda, hasta la memoria de nuestras palabras. debiste haber sido feliz en el sueño, porque arribaste con una amplia sonrisa a habitar este tiempo que construímos a jirones para ti. siempre te quise -y sospecho que como todos-, desde el otro lado de la penumbra, y desde tu vida tan cercana a la muerte * el hombre es el único animal triste que llora. y sus lágrimas profesan la pasión por el mar. todo hombre es un desierto en busca de sus lágrimas * con su pobre ficción trató de mantener un frágil equilibrio hasta el final de sus días. la noche del diecisiete de octubre -mes de huracanes y desdichas- vino la Muerte a buscarlo y lo encontró sentado en el bar -el Bar Atenas-, solo, plácidamente sonreído, como si hubiera estado conversando con Zamilda * ¿bastarán tus manos para salvarme desde el abismo en que sueño mi sueño insondable, mi sueño de marionetas y lágrimas, mi sueño de culpas y eternidades lejanas? * escuché una voz que me nombraba. me volví y sentí el Arbol del Viento soplando su mentira. no hay porqué creerle a un árbol poblado de garzas al atardecer. el viento sopla fuerte sobre sus ramas, y las garzas -algodón temprano en la tempestad- alzan el vuelo contra un cielo anaranjado * el tiempo es una paradoja que consume lenta e inexorablemente. el dolor, como la música, habita el tiempo. por eso la noche, hecha de tiempo negro, de música y dolor, se ha vuelto más grande que nosotros mismos. René del Risco también tuvo su noche * y el dolor -apenas sostenible- de los dilatados precipicios del alma es un dolor que no se parece a ningún otro, es un dolor perdido en las aguas del río, que es otra forma del tiempo. Heráclito lo supo, y también lo supieron Schumann y Vallejo * puedo elegir entre quedarme aquí sentado en el Bar Atenas esta noche o pararme a recordar, entre leer a Vallejo o pintarme la cara de verde, entre escuchar a Schumann o llorar. puedo elegir entre beberme dos, tres, cinco o veinte cervezas o disecar una salamandra. puedo elegir entre usar una corbata roja o comprar una máquina de coser Singer. puedo elegir entre una muerte por asfixia o tiritar en los insomnios azules de un filme francés. puedo elegir entre amar a una muchacha o escribir un poema simbolista. y al final, es posible que todo no haya sido más que una triste confusión de nombres y piernas y calles y paraguas rotos y gritos * el silencio de Van Gogh, como el dolor, no se parece a ningún otro silencio, es el silencio de las barcas de pescadores en la playa, el silencio de los trigales, el silencio de la noche estrellada, es el silencio luminoso y vívido del paisaje arlesiano, es el silencio de un instante roto a sus treinta y ocho años: "la tristeza será eterna", Vicente * la tarde de un diciembre francamente sombrío y terso, Vicente van Gogh -la frase es de otro- se arrancó un sol de su cabeza, se arrancó de cuajo un girasol, una morocota de oro, se desprendió el amarillo estridente de los trigales, y la luz recién inaugurada de las furias. Van Gogh fue una víctima de su propio incendio * y nunca pude habitar sus lágrimas, como se habita el tiempo en la complicidad de adioses repetidos. tampoco pude beberme sus lágrimas para comprobar el espesor de su sufrimiento. sólo la vi llorar parcialmente oculta detrás de un árbol -árbol lleno de garzas y deseperación-, la presentí sollozar en la oscuridad. sospeché sus lágrimas desde el otro lado de la sonrisa y sentí rabia de no haberme implicado en su dolor y haber habitado sus lágrimas * escribir no es más que otra forma de la desdicha. en estas palabras regresan disonantes los acordes de un piano de cola negro, implacable, que amenazaba con arrebatarme los días de la casa frente al mar. y no bastaron los rincones oscuros, ni el gato barcino, ni Jopán y las promesas. en el valle de flamboyanes, cesaría ese ajedrezado atonal de las pesadillas, me dije. pero han pasado muchos años y aún continúan luchando en mis palabras -y en la memoria de mis palabras- Jopán y la negra armonía del piano de la casa frente al mar * hay un silencio en la mirada que encuentra el cuerpo desnudo. el cuerpo en la mirada es otro cuerpo, diferente al cuerpo de carne y gozo, arqueado contra tu cuerpo. entonces no se puede hacer otra cosa que callar y esperar que la vida toda no sea más que un domingo de septiembre en la tarde para que ese cuerpo irrepetible y magnífico venga a instalarse en el silencio de tu mirada * tres hormigas negras comenzaron a descender por la ventana y ganaron la cama por la almohada de Zamilda. las vi desaparecer y después reaparecer entre las dunas de las sábanas. hay dos cosas que no puedo soportar, Zamilda: las hormigas y tu ausencia * en la Ciudad de los Siete Palacios, los días corren como ríos de aguas negras por las calles y no hay quien se atreva tan siquiera a preguntar por la felicidad, sin sentirse sucio y culpable como las aguas en que naufragan * si pudiera llorar, besaría las llagas de los mendigos postrados frente a la Iglesia del Carmen para agradecer el don de las lágrimas, pero el desierto ya ha alcanzado mis ojos y no me queda sino el triste consuelo de las horas vacías frente al mar * hay quienes profesan el dolor como si se tratara de una vocación. "te comprendo porque yo también he estado ahí", dijo el-Gato-egipcio y no comprendí -no comprendí a quien tanto me comprendió-. pero el olvido me fue creciendo como un río en las amplias avenidas de la memoria. pasaron trece años y entonces comencé a pensar en los que se quedaron, en los que abandoné, en los que me vieron partir. pensé en Zamilda -por supuesto-, pensé en Gonzalo y también en Julito, en Plinio-el-Pleno y en tantos otros. pensé en mi madre, escondida detrás del recuerdo. todos, excepto Zamilda, me vieron partir la mañana de un lunes 14 de abril -mes propicio para el desconsuelo- con una sonrisa anestesiada en los labios. desde entonces la ausencia me ha desgarrado músculos y tendones, me ha dislocado huesos, me ha envenenado las vísceras y me ha dejado durante noches enteras mirando a través de la ventana a aquéllos que tanto quise y que lloraron mi ausencia como una desgracia inminente, que lamentaron las noches sin mí en el bar. a todos ellos, les pido perdón por la osadía de haber sabido profesar mi dolor con una elegancia tan cotidiana y desconcertante * la puerta se abrirá un día a un mundo mágico de voces y sombras. y será como regresar, azul y ojeroso -después de un largo insomnio- a comulgar en tus dedos un misterio recién creado. la puerta se abrirá lentamente y entonces no habrá nada que temer. tu voz poblará las mañanas de gatos tibios y amarillos e inaugurará en los aguaceros de mayo cayenas rojas y lagartos verdes. tus pasos cercanos recuperarán mis huellas, extraviadas, sin duda, en las calles de cualquier ciudad sin nombre. tu mirada convocará en mis ojos atardecidos el sosiego que tanto busqué y no pude, no supe encontrar. la puerta cerrará a mis espaldas la pesadilla insomne de mis treinta y ocho años
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