oda a los invertebrados

 

envidio a los invertebrados. se arrastran hasta cualquier rincón oscuro a soñar. los conforta la humedad. no les duelen los huesos ni necesitan erguirse cada mañana hasta alcanzar la estatura de la luz

y por las noches no tienen que encoger sus piernas, ni el frío les hace esconder las manos en las axilas. no extienden sus manos suplicando una limosna. no hay quien les rompa los huesos a palos o quien después adore sus polvos en un cofre funerario

se mueven en silencio, bajo la sombra, entre el fango, sin que crujan sus huesos entre la muchedumbre, sin que brote el llanto en las cuencas de sus ojos

no escriben libros, los invertebrados. ni escuchan a Bach los domingos. su existencia es apacible y jugosa, sin la urgente necesidad del recuerdo y la culpa

envidio a los invertebrados. no les duele la vida ni los huesos