Invitación a un  viaje

Take it easy

La puerta abierta

Amor amor para los dos

La tumba de los
crisantemos amarillos

Laberinto de espejos

Nuestra última lluvia juntos

El suicidio es indoloro

Expresiones gemelas

Los deseos circulares

Cuentema para una ballerina ausente

Ultima morada

Los viajantes

El rictus sardónico de la muerte

Utopía

Los días claros y los días vacíos

El autobús de las 7:00 a.m.

La risa artera

El escape

Soliloquio desesperado

Viajantes insomnes

La puerta abierta

Fernando Valerio Holguín

 

Fuiste despertando hacia adentro, hacia la otra cara de la pesadilla, y de inmediato los pequeños monstruos comenzaron a revolcarse dentro de ti. Te incorporaste y encendiendo un cigarrillo te lamentaste en silencio de la vida indolente, del día lleno de basura; sentiste conmiseración por esos seres minúculos de las calles y sus cloacas, que viven olisqueándose y lamiéndose los sexos podridos en esperma y sangre; que comen y envejecen felices y se creen tan importantes y dichosos en ser. Y no son nada, te lo dices, te lo repites en voz baja, como para convencerte de algo que siempre has sabido. Pero el día es, a tu pesar -no importa en cuál pesadilla- y tienes que aniquilarlo, tienes que vencerlo, ignorándolo, burlándote de sus falsos oropeles.

Te levantas y te quitas la piyama hasta quedar totalmente desnudo: hace calor. Viertes los colores en la paleta y empiezas a mezclarlos. Te colocas frente al lienzo sin bosquejar y es como si de pronto la pincelada azul prusia anulara la ciudad y su día vestido de ramera. Se te exige que pintes y que de tu mano adolorida vaya surgiendo ese rostro violentado por tu rabia secreta. No piensas. Se te impone que mezcles rápidamente más sombra, verde, azul, violeta rojizo, basta alcanzar esa apariencia moruna en las mejillas. Se te ha ordenado que las pinceladas sean exactas en los labios gruesos y que el toque de blanco le confiera ese brillo enigmático a la expresión de los ojos.

El dolor de la mano se te ha hecho insoportable pero aún así continuaste pintando hasta dejar la cara terminada y parte del cuerpo bosquejado.

Debió de haber llovido durante todo el día. Te sabías acostado en el camastro frente al cuadro, atento a la expresión un tanto extraña del retrato. Pero te levantaste, te pusiste el capote sin nada debajo y saliste (entraste, piensas) a comprar cigarrillos. De regreso encontraste el informe médico y unas letras de tu novia garrapateadas en el sobre de las placas radiográficas "...que no me quedo porque el tío Ed está grave y lo internaron", y después besos, "cuídate mucho, estáte quieto... " Tiraste el reporte y te recostaste sin despegar la vista del cuadro, tratando de descifrar la clave de lo presentido hasta que las imágenes terminaron metiéndosete por los ojos y fueron a colocarse detrás de tu mirada. Era él, sin duda, el negro. Hacía ya tanto tiempo en la barra El Desengaño. El negro habia dicho no y te agarró por el cuello. Rodaron mesas y botellas y en la confusión tu puño nudoso golpeó con una fuerza que no era tuya. Y el negro cayó: la nuca destrozada en el piso. Y piensas si valió la pena. Pero él había dicho no y murió. Tu mano destrozada: tres meses sin poder pintar. Legítima defensa se alegó. El negro hizo primero, su señoría. Y entonces tú pegaste, borracho; dijiste sí. Y el negro murió. Y todo por un sí y un no que ahora venían a complicarse con un zapato lleno de pipí, un pasillo oscuro por el que corres, ellos que le destrozan la cara a un pintor que eres ¿tú? No. Tú no estuviste allí. Pero aunque nada tenga que ver con nada y todos los caminos converjan en ti, puedes descansar tranquilo; tran-qüi-lo y hundirte en lo suaverisa del vacío.

Pero esta vez fuiste tú quien dijo no no y el negro sí golpeando y tú no no y no halando la sábana atascada debajo del cuerpo y todavía un último no para despertar a la pesadilla de un salto, asustado; pero recuerda, tranquilo, todo tranquilo llevándote la mano al miembro así. Te masturbas: rostros adolescentes, nalgas, senos, vulvas grandes y oscuras, desfilan por tu mente. Tantas mujeres imposibles y tú allí poseyéndolas con desprecio. Pero ahora es tu madre, no, tu novia pero con el rostro de tu madre. Increíble. ¡Masturbándote por tu madre! ¡No! Otra vez no y tratas de encender la luz: parece que el bombillo se ha fundido. Tanteas en la oscuridad buscando los fósforos y te topas con el informe médico. Por capricho o por no tener qué hacer a mitad de pesadilla necesitas leer el informe y recuerdas que en un rincón entre óleos y pinceles habías visto algunos palitos de fósforos sueltos. Encuentras el cartón y ahora buscas los palitos. Tanteas entre los tubos y sientes que la mano se te ha embarrado de algo viscoso: la pintura, la paleta con la pintura fresca. Buscas con qué limpiarte y no encuentras: frotas la mano en el muslo. Tanteas y ya está: crees haber encontrado uno. No, es un palillo escarbadientes. Sigues buscando y se ha volteado una lata de acrílica. Debes evitar que la pintura llegue hasta donde imaginas que están los fósforos hasta que al fin agarras uno y rayas con fuerza. Dudas. Otra vez y otra. Brota la chispa y se enciende. El fósforo se consume rápido entre tus dedos: te quemas. Enciendes otro y logras leer, sólo pudiste leer: "Radiografía de la mano: ...deterioro profun... a nivel del tejido óseo... osteomieli... necrosis celu..." No tuviste que seguir. Ya nada importaba. Fue como si hubiera comenzado a llover dentro de ti porque toda una suerte de flores amargas retoñaron en tu angustia. Te pusiste de pie tratando de encontrar la puerta en la oscuridad. Y recorriendo las paredes con las manos te golpeas en la frente con algún objeto punzante. La puerta: descorres los pestillos pero no abre. Halas con fuerza pero no. No otra vez no. La almohada dice no. Pero si sigues tirando así de ella, piensas, quizás pueda despertar. Y lo consigues: despiertas a la otra pesadilla. Te levantas y la puerta se abre sola. Caminas desnudo por el pasillo. A cada paso te encuentras con diferentes puertas. Abres la primera y ves a tu madre con la boca desencajada y los ojos tristísimos balanceándose en una mecedora. "Mamá", llamas. "Mamá, mi mano, Mamá." Pero ella no te escucha. Sales (entras, piensas) al pasillo y alguien te llama sacando la cabeza desde una habitación. Es tu tercera exposición individual: el público critica tus cuadros abiertamente sin reparar en tu presencia: que si demasiado Picasso, pero Chagall y aunque Guayasamín... Sales (entras, piensas) horrorizado. Todo es tan confuso. ¿cuál puerta elegir y en que instante? ¿cuál de ellas te devolverá la parte más esencial de ti mismo? Y decides correr hacia ningún sitio en aquel oscuro pasillo sin fondo. Te detienes y tomas una puerta por asalto: es la sala de un hospital. Allí está Morayma, tu chica, sentada a la cabecera del tío enfermo. La llamas y ella viene hacia ti con una sonrisa sin atractivos: "Estabas tan dormido cuando fui a llevarte el inrorme que no quise despertarte. Es una lástima que no pudieras pintar con un día tan soleado. Y bien, ahora debes marcharte. No deberías estar aquí y mucho menos en esas condiciones. "Te miras y reparas en tu desnudez. Hubieras deseado meterte las manos a los bolsillos para disimular y entonces te sientes desamparado y vacío como un animal. "Pero Morayma yo te he estado buscando..." "Sí, pero ahora debes irte. Ven." "Pero Morayma, tienes que saber lo del ne..." Ahora corres por el pasillo y piensas que así ha sido tu vida: una carrera desaforada hacia ningún sitio. Te sientes cansado. Te echas en el suelo y las cucarachas crujen bajo tu peso. Te arrinconas en espera de que alguien te diga dónde el afuera y el adentro. Pero la puerta se ha abierto y sabes que debes acudir. No es que quieras. Sabes que necesitas ir y cumples esa orden sin voz. Entras (todavía imaginando salir) y te tumbas en el camastro. Y aunque siempre has sabido que todo no es más que una burda pesadilla, permaneces bocarriba, con la mano destrozada por el dolor, despertando hacia afuera, hacia la otra cara de la pesadilla, hacia la mueca burlona del negro que te sonríe desde el lienzo que nunca comenzaste.

 

© 2001 Fernando Valerio Holguín