Hotel Reuter, habitación #14

 

el Hotel Reuter está hecho de lejanos rumores y presentimientos ajenos. es un hotel pequeño -de apenas tres plantas- y como en todo hotel, supongo, hay un estrecho foyeur que conduce a un recibidor de muebles de caoba centenaria sobre una alfombra raída y deslavada ya por los años. del techo pende una lámpara de lágrimas de cristal. a la izquierda hay un bar, en cedro y bronce, al que acuden parroquianos jubilados y viajantes insomnes de los que como yo llegan a recalar a cualquier ciudad, a cualquier hotel o cualquier mujer

 

como era de esperarse, la primera noche en el hotel, no pude dormir. estuve escuchando, hasta muy entrada la madrugada, pasos en la habitación de arriba. cuando el sueño parecía vencerme, entonces se reiniciaban los pasos. hubo un instante en que ya a punto de rendirme, se escuchó un golpe seco, como de un objeto pesado

 

a la mañana siguiente, me encontraba solo en el comedor bebiendo café y fumándome el primer cigarrillo cuando se me acercó la dueña del Hotel, Madalena Malpezzi, que tendría unos 56 años y llevaba unos pantalones de goma de esos que se les cruza una tirita bajo el pie, unas zapatillas doradas y una blusa de flecos y una boina roja. (me pareció que se daba un aire con Anita Ecker en La dolce vita). me preguntó que cómo había dormido. entonces le conté lo sucedido. -ah- me dijo- esa debe ser María Isaura. hoy mismo hago que lo cambien de habitación-. le pregunté quién era María Isaura y me contestó, desviando la mirada, que no me preocupara: -ya la conocerá Ud. A propósito, ¿piensa quedarse mucho tiempo? Le contesté que aún no sabía, que todo dependía de algunos negocios que tenía que cerrar

 

en la tarde, hice unas cuantas llamadas desde el teléfono público del recibidor sin lograr nada en concreto. repasé la lista de los clientes que aún me faltaba por visitar y resolví tomarme la tarde libre. por suerte, esta vez había traído conmigo la edición bilingüe de Las flores del mal. me acomodé bajo un cono de luz, en una butaca -bastante deteriorada por cierto-, al fondo del recibidor desde donde podía ver entrar y salir de soslayo a los clientes del hotel sin darme cuenta de que a quien estuve esperando todo el tiempo fue a María Isaura -que nunca llegó

esa noche, un poco por aburrimiento, bajé al bar. el bartender me entregó una nota que pensé se trataría de la dueña, arreglando lo del cambio de habitación pero no fue así. era una nota escrita en una caligrafía infantil, insegura:

te espero esta noche a las 9:00 en punto en el bar. besos, María Isaura.

le pregunté al bartender por las circunstancias en que le fue entregada la nota y se encogió de hombros. esperé toda la noche pero María Isaura no llegó, hasta que ya cansado y medio muerto de sueño subí a acostarme. los pasos en la habitación de arriba comenzaron poco después. encendí la lámpara y busqué los cigarrillos en el bolsillo de la camisa que estaba tendida sobre la silla. esta vez también rodaron algunos muebles. pensé subir a su habitación para averiguar de que se trataba todo aquello pero no lo hice. serían como las cinco de la mañana y apenas si comenzaba a conciliar el sueño cuando escuché un grito. me quedé toda la noche sin dormir, con el oído atento para ver si alguién volvía a gritar. no sé si hubo -y si lo hubo no me di cuenta- un momento de sosiego esa noche, que ya comenzaba a hacerse larga, insoportablemente larga

a la noche siguiente, cuando bajé al bar, el bartender me entregó otra nota que decía más o menos lo siguiente:

 

Lamento no haber podido bajar al bar la otra noche para estar un rato contigo pero si quieres pasar por mi habitación. es la número 14. te espero sin falta. un beso, María Isaura

 

le di una propina al cantinero y subí las amplias escaleras semicirculares. cuando toqué a la puerta de la habitación #14 nadie contestó. probé el picaporte de bronce bruñido pero la puerta estaba cerrada. me senté en la alfombra, frente a la puerta, con la esperanza de que de un momento a otro llegara María Isaura como una aparición milagrosa. me imaginé la habitación sombría pero acogedora como un templo. y me dejé llevar por el olor a madera antigua. caminé despacio y toqué el chinfoniere con tope de mármol. vi la amplia cama que parecía un galeón con su mosquitero de punto que bajaba hinchado desde el alto mástil

 

cuando desperté serían más de las doce y entonces bajé al bar. le pregunté al bartender si había visto a María Isaura y me contestó que había estado cenando temprano con su madre y que después ambas se retiraron a sus habitaciones. acerqué un cenicero, saqué la caja de cigarrillos y coloqué cuidadosamente el encededor sobre la caja. pedí una botella de Merlot y estuve viéndome beber desde el amplio espejo del bar, tras las botellas. me vi beber fatigado una copa tras otra; me vi desalentado a mis cuarenta y tres años. no en vano pasan los años y el insomnio y el dolor van cobrando su cuota de hastío y cansancio. me vi y la vi aparecer junto a mí en el espejo de humo. me sonrió y su sonrisa me pareció ya conocida, ya amada o deseada. es posible que la haya confundido con otra mujer, Desiré, a la que alguna vez amé en el bar de otro hotel. o quizá fue otro quien la amó desde algún filme francés

    -llevo muchas noches esperándote- creo que le dije

    -lo sé -me constestó como única respuesta y a una señal con los dedos el bartender le trajo una copa de brandi. bebió en silencio mirándome con sus ojos oscuros -más oscuros que los de la muerte- a través del espejo

    -¿por qué no viniste antes?-le pregunté y la pregunta me pareció como sacada de un poema o cuentema ya conocido, ya sabido de memoria, pero no me contestó sino que se paró para ir al baño. caminó despacio para que no se le notara que cojeaba ligeramente de la pierna izquierda. de regreso me preguntó:

    -¿verdad que casi no se me nota?- y le dije que no, que apenas un poco pero como habíamos estado bebiendo desde temprano: -pensé que el mareo te hacía balancear-. recuerdo que esa noche llevaba unas faldas largas -de seguro para ocultarle la pierna- y una blusa negra escotada en v sobre el nacimiento de los senos

cogió un lapicero y escribió en un pedazo de servilleta, con una caligrafía aún más débil:

 

Esta noche quiero dormir contigo, con mi cabeza apoyada en tu pecho y resarcirte de las tantas noches en que me imaginaste como otra. Un beso, María Isaura.

 

la sentí lejana mientras leía su nota. la vi sonreir a través del espejo y me volví para mirarle el pelo negro y desatado como una cascada nocturna. subimos a su habitación y me invitó a pasar. una vez en la cama me dijo:

    -tengo frío en la pierna- y se enovilló como un caracol sobre mi cuerpo, la cabeza reclinada en mi pecho. le eché la frazada sobre la pierna y se apretó aún más junto a mí. escuché un ruido en la habitación de arriba y la miré incrédulo en la oscuridad

    -debe ser María Isaura- me contestó como única respuesta antes de quedarse dormida contra mi pecho