la ciudad del Almirante

 

suspendido en plomada sobre la noche antigua, contemplo esta ciudad tan parecida a Santo Domingo pero que no es Santo Domingo. es una ciudad colonial rodeada por un caudaloso río. las calles estrechas se comunican con el río a través de manglares. las aguas apestan a mariscos y algas podridas

he remado durante toda la noche en una pequeña yola y me siento cansado. he navegado por las aguas oscuras, entre cangrejos verdiazules que huyen sobre las raíces descompuestas

hacia la zona del parque se puede ver la estatua del Almirante, semiderruída e inclinada sobre los restos de algún galeón abandonado. al fondo, una catedral medio sumergida en el agua y sostenida por las raíces que se adhieren a sus piedras centenarias

avanzo hacia la puerta plateresca y penetro en la bóveda oscura. una bandad de muerciélagos atraviesa el silencio. sólo se oye el chapotear de las aguas entre la madera podrida de los bancos

los manglares han ido ganando terreno sobre las ruinas del antiguo hospital, de las murallas y de los casas principales. algunos edificios se encuentran totalmente cubiertos por las raíces que penetran las piedras llenas de pátina. cuando no son las lianas que se entrelazan entre los árboles

remo un poco hacia la amplia avenida que da a la puerta de Sam Diego y veo avanzar un mascarón intrañable. creo reconocer ese rostro dormido que avanza hacia mí en la proa del galeón. es Zamilda que pasa dormida a mi lado en ese galeón sin velas

los manglares han conformado lóbregos túneles por los que se pasea la muerte a sus anchas. la embarcación tropieza con un pedazo de armadura soldada a los restos de un esqueleto

mareado por las olas, ya no sé qué hacer, ni qué dirección tomar. y me tumbo sobre la madera húmeda de la embarcación, con los ojos bien abiertos al techo de tupidas enredaderas

recostado contra el espaldar de mi cama, como otras veces, despierto al día que quiero olvidar. me levanto, enciendo el tocadiscos y las bachianas aborrecen conmigo ese cielo gris que se cuela a través de mi ventana. preparo café y enciendo el primer cigarrillo mientras dejo que los cellos persigan la voz que me llama desde el sueño